lunes, 31 de agosto de 2009

Se miraba las manos horrorizada,
sus uñas de rojo teñidas,
empapadas en sangre
cálida aún, con el aroma que amaba,
mientras él, yacía a su lado,
inerte, con sus ojos en blanco
y su cabello negro, alborotado,
rozándole suavemente sus brazos.

Tanto tiempo esperándole
y, ahora, en un momento,
con un beso, demasiado apasionado,
todo se había acabado.

No pudo reprimirse,
fue más fuerte su instinto
y las sombras que cubrieron sus cuerpos
fundidos en fuego, en fuego maldito.

Se quedó absorta, mirándole,
horas, días...un tiempo incalculable,
hasta que su cuerpo putrefacto
fue impregnándola de retales de un pasado
amargo, muy amargo,
ya marchito entonces y, ahora,
desmenuzados en muerte y llanto.

Su destino, de nuevo,
era vagar sin sentido,
por tiempo infinito,
con pedregosos recuerdos,
hirientes,
sangrientos,
condenada por su crimen,
atrapada en su propio maleficio,
viviría para siempre,
ya sin él, en un mismo infierno.

Y gritó a la noche,
desolada, por última vez,
su nombre.